naruto
08:57 22/11/2008
moichatelas

82267

Usuari@
Nivel: Kage

#2 @ 14:13 02/11/2008
El hiperactivo

95080


Nivel: Chuunin
Hola

Realmente me ha encantado el primer capitulo. Tu forma de narrar y el equilibrio entre narración y diálogo fue de lo mejor. Buen léxico y alguna pero no tan importante falta de ortografía. Hay alguna palabra mal puesta o repetida, pero no se nota.

Este segundo fic me gusta tanto como el primero, lo haces muy bien

La mentalidad de los personajes y sus personalidades me dejaron atónito, realmente esta es tu mejor arma

Buena suerte
#3 @ 20:44 07/11/2008
zaiku


Nivel: Chuunin
Que bueno, coincido en todo con El Hiperactivo. Gran narración, gran léxico, grandes personajes... Todo muy bien

Saludos
#4 @ 20:57 07/11/2008
Naruto_hoja

97602

Baneado
Nivel: Chuunin
Hola

Es una historia muy bonita y guay lo que me gusto mas fue lo de la acion la acion mola mas que lo demas y si icieras mas capitulos mejor

No agas esperar, ala jente, para el sigiente capitulo, ni me agas esperar ami que quiero saber mas de la historia


saludos
#5 @ 18:11 10/11/2008
moichatelas

82267

Usuari@
Nivel: Kage
Bueno, malas noticias... el mother y microprocesador de mi pc pasaron a mejor vida...

Así que posiblemente me tarde un poco en actualizar, quizás una semana, o 15 días.

Sin embargo estoy progresando con la historia... estoy estableciendo los hechos, los lugares en donde se desarrollan, los personajes que irán conociendo y, lo más entretenido de todo: Los diálogos ^^xDDDDDDDDDDDDDDD

y acción y acción y más acción...

gracias por pasarse por mi fic y ojalá les siga gustando... nos vemos en 10 días aprox...

un saludin ^^

pd. en cuanto la arregle, sacaré aproximadamente un capitulo por semana, asi les doy una buena continuidad ;)
#6 @ 03:13 11/11/2008
Seres Victoria

88305


Nivel: Chuunin
Hola...Me encanto este fic, es diferente además la narración que utilizas en muy buena, los personajes tienen un buen contexto, la trma es fantastica, te felicito y síguelo, también estaré esperando por este…saluditos…Bye
#7 @ 05:10 16/11/2008
moichatelas

82267

Usuari@
Nivel: Kage
Bueno, creo que se van a darán cuenta de por qué tardé tanto... hice dos capítulos de una, pero realmente lo necesitaba. (Creo) xD Porque el final del segundo capítulo no tiene suspenso, así que directamente pasa al 3.

A partir de este capítulo, Len mismo nos contará la historia...

EL HIJO DE LA NOCHE (Por Moichatelas)

Capítulo 2: Aceptando un destino


Ya la luna era visible desde la ventana del cuarto, y yo apenas me despertaba. Me ardían los ojos, como si en verdad jamás me hubiera acostado. Era mi segundo día en Hokkaido y “paz era lo menos que era lo último que había encontrado. Con un dolor de cabeza que parecía que se me abriría el cráneo en dos, me levanté y tomé un analgésico con mucha agua helada directa de la botella. Lo ocurrido me aterrorizaba, y quería olvidarlo lo más pronto posible, aunque algunas imágenes volvían a mí. Más contracturado que nunca, el espejo del baño me devolvía la imagen de unas ojeras enormes bajo mis ojos. Quería creer que lo que me había ocurrido había sido una pesadilla. Una muy real.

Entonces, quise despertarse un poco más. Me lavé la cara con agua fría y preparé un café bastante cargado, sin azúcar. En el ambiente reinaba un silencio abrumador, ni siquiera había prendido el televisor, o alguna luz… sólo las del resto de la ciudad se filtraban como ladrones por los ventanales de la sala. Sin embargo, unos minutos después, me sobresalte ante el llamado de mi teléfono celular. Atendí porque aunque no era un buen momento, quizás podría ser un primer cliente. Aunque lo que escuché me hizo temblar.

-Cansado ¿no? –decía la voz de Nara desde el otro lado- perdón, pero tuve que trabajar todo el día para este momento… para salvarte la vida…

En ese mismo instante, la electricidad del edificio se cortó, ya que las luces que entraban desde fuera desaparecieron. Tuve la sensación, por segunda vez, de que cuando Nara se cruzaba en mi vida, las cosas iban de mal en peor y me recorrió un miedo frío por la espalda. Tenía miedo de lo que Nara podía llegar a decirme, incluso desde aquel aparato electrónico.

-Lamentablemente, Len, estás en este baile conmigo, así que si no quieres hacer que te maten, haz lo que te digo, hazlo sin hacer ruido, y hazlo rápido.

No supe que decirle. Por el tono de voz de Nara, la situación era seria. Recordé las oportunidades de matarme que había tenido Nara, de quererlo así, y mi miedo se calmó un tanto. Decidí seguirle la corriente, y espeté un débil “bien” al micrófono del celular. Nara comenzó con las instrucciones.

-Debajo de la cama escondí tu pequeño bolso negro, recógelo y ábrelo. Hay un pequeño espejo, como los que usan los dentistas… pásalo por debajo de la puerta del apartamento y ve si hay alguien en el corredor.

Fui hasta el cuarto e hice exactamente lo que me pidió.

-No hay nadie –musité al teléfono.

-Saca el arma que hay dentro, quítale el seguro y dispárale dos veces a la cerradura del apartamento. Si todo va bien, utiliza las escaleras para bajar, y hazlo rápido. Ve hasta el estacionamiento... en el bolsillo exterior del bolso encontrarás las llaves de un auto. Acciona la alarma y verás cual es. Una vez en él, dirígete hacia la autopista. En cuanto termines, volveremos a hablar.

Por fin yo estaba a punto de soltar una queja y pedir una explicación, pero Nara había cortado la llamada. Parecía una señal, como de que no había tiempo para sus quejas u opiniones personales. Saqué del bolso la Parabellum nueve milímetros plateada que golpeó mi ceja el día anterior, le quité el seguro y con una mezcla de miedo y excitación, disparé dos veces a la cerradura. La puerta se abrió, y al salir al pasillo vi que había sido trabada desde fuera, con una barra de acero que iba desde el piso hasta la cerradura. Afortunadamente el ruido de la barra al caer no había llamado la atención de los vecinos. Bajé las escaleras como un rayo y ya en el oscuro estacionamiento, presioné la alarma junto a las llaves de auto. Un Chevrolet Camaro me guiñó y al partir, pude observar movimientos dentro del apartamento que había dejado momentos antes. Al parecer un par de hombres con linternas estaban registrándolo todo. Quien sea que me lo haya querido emboscar, había llegado tarde.

El teléfono volvió a llamar, cuando ya llevaba unas horas conduciendo por la carretera desierta y me preguntaba “¿y ahora qué?”. Desde mi accidente respetaba mucho más las normas de tránsito, por aquella razón, comencé a aminorar la marcha hasta detenerme en la banquina. La oscuridad del alrededor y la llanura que se extendía a ambos lados, me parecían un buen refugio.

-Sorprendente, ha salido todo bien niño. Pero lo que más me sorprende es que, de un día para el otro, yo paso a ser un maldito teléfono ¡Eres brillante! Ahora no puedo golpearte.

Su halago me producía asco, me sentía enfermo. No podía entender cómo estaba sucediéndome aquello. Cada vez que lo consideraba a Nara como parte de mí, comenzaba a transpirar e intentaba negarlo a toda costa… yo, que había estudiado todo tipo de trastorno, todo tipo de anomalías, ¿en verdad sufría de una de ellas? Era vergonzoso. Mi orgullo no podría resistirlo.

-Ya es tiempo de que lo asumas niño, ¿no crees? –me decía en tono burlón.

-¿¡Puedes dejar de llamarme así maldición!? –le grité enfurecido. A estas alturas mi cuerpo protestaba de dolor, sueño y malhumor. Las palabras de Nara eran insoportables, eran lo más irritante que había oído.

-Tranquilo principito, como tú digas –fue la respuesta.

Traté de calmarme, respiré hondo.

-Yo… nosotros… no deberíamos conocernos. Si tú eres parte de mí, nosotros jamás tomaríamos contacto, ¿entiendes? ¡No es así como funciona! –intenté explicarle. Pero no me sentía capaz de explicar nada, porque todo lo que había aprendido estaba deshecho.

-¿Y tú eres psicólogo? ¿Sería eso como un veterinario con rabia? –Se burló de nuevo- Sé que es como ahogarse siendo un pez, es paradójico y no debe caerte muy bien, pero piensa… sé cosas que están pasando a tu alrededor, sé lo que piensas, pierdes la memoria y la noción del tiempo y cuando duermes parece como si no descansaras… no puedes negarlo a estas alturas. Si eres tan inteligente como sé que eres, lo sabes desde nuestra charla de ayer.

Era cierto, no quería negarlo pero lo sospechaba desde que Nara le dijo que éramos la misma persona. Si era cierto, todo tendría sentido. Entendí que era el momento de afrontar los hechos e intentar comprender el mundo que me enseñaba Nara, un mundo donde corría peligro, un mundo en el cual necesitaba estar despierto, alerta y con ganas de sobrevivir. Nara era mi nexo con ese mundo y debía aprovecharlo pues no tendría ayuda posible si me negaba a escucharlo. Ahora tenía pruebas, alguien estaba persiguiéndome… y no eran inventos de un psicópata. Después de meditarlo un rato, me calmé y recuperé mis modales.

-Nara, dime exactamente en dónde estoy metido por favor –le rogué, olvidándome por un momento de que hablaba conmigo mismo.

-Lo haré, pero mientras, sigue el camino que marqué en el GPS del auto. Ya nos hemos detenido bastante, es peligroso.

Sentí que debía de hacerle caso y arranqué el coche con un rugido. Mientras viajaba a toda velocidad por la ruta desierta, escuché atentamente el relato de Len. Una vez que llegué al punto que marcó el GPS –un modesto hotel de ruta- me acosté en aquel duro colchón. Todo lo que había hablado con Nara, cada palabra, había quedado rebotando en mi cabeza, como un eco interminable. Estaba completamente aturdido, como cuando vuelves de una fiesta ruidosa y te sumerges nuevamente en el silencio… un horrible pitido y su historia se escuchaba en mis oídos.

»El gobierno protege a una red de prostíbulos en todo el país, sobre todo para turistas que fantasean con la “hospitalidad” oriental. Lo que es más sucio aún: algunas de las chicas son mujeres secuestradas a diario y obligadas a ejercer la prostitución. Pero el año pasado, principito, hubo elecciones… y el gobierno le soltó la mano a sus socios para asegurarse puntos a favor, para hacer campaña…

»Pero la organización que manejaba el contrabando de chicas comenzó a tornarse un problema para el gobierno. Comenzaban a ganar poder, a tener la posibilidad de autoabastecerse, por lo que era una bomba a punto de estallar si no hacían algo.

»Entonces, ocurrió el secuestro de la hija del primer ministro. Y… lo hicimos nosotros principito, nosotros. ¡Pero no como todos creen! Los traficantes de chicas quisieron al mejor hombre para secuestrar a la hija del primer ministro y por supuesto, nos contactaron. ¡Me imagino las caras que pusieron cuando supieron que nuestra respuesta era negativa! No trabajábamos con niños o mujeres.

»No obstante, si no éramos nosotros, iba a ser otro el que lo hiciera, así que nos adelantamos e hicimos algo muy estúpido: le contamos la verdad a la chica y nos creyó cada palabra. No parecía confiar en el padre, ni en la protección que este pudiera brindarle... lo odiaba realmente, y prefería un secuestro a seguir bajo sus narices. Nos rogó, que la protegiésemos. Estaba tan asustada…

Era suficiente. Recorrí la habitación casi vacía con una mirada y me levanté a por el whisky barato que descansaba en una mesita donde también se apoyaba un televisor. Me serví de manera impaciente un trago que me duró medio segundo.

«Estaba tan asustada…» No podía dejar de escuchar esa frase que me hacía hervir la sangre. Pensaba en esa frase de Nara una y otra vez, y a cada instante me indignaba más. Creció en mi un fuego de furia hacia el desgraciado, y, con todas las fuerzas que quedaban en mi cuerpo cansado, arrojé el vaso contra la pared opuesta, haciéndolo estallar por todo el cuarto en cientos de cristales voladores.

-¡Nara imbécil! –grité, mientras me tomaba el pelo. Por su culpa estaba en esa situación… Pero debía de calmarme. No gritaría más, porque tenía miedo de llamar la atención a la gente en los otros cuartos. Un perro había empezado a ladrar ahí afuera. ¿Simlpemente te enamoraste de una mujer y por eso yo estoy en este lío?

Me recosté de nuevo, hasta entrar en un sueño liviano e intranquilo. Una serie de imágenes en blanco y negro cruzaban por mi cabeza a gran velocidad, como destellos de una película que había visto y olvidado con el tiempo. Una joven hermosa, alta, de cabello muy lacio y brillante saliendo de un club de deportes con falda y musculosa blanca. Estaba viéndola desde la esquina. Se despedía de unas amigas y se acercaba a mí. Llevaba un bolso donde guardaba sus raquetas de tenis. Le hablé, pero no supe entender qué era lo que le estaba diciendo. La chica sonreía… nos íbamos juntos…

Ahora, estaba con la joven que había visto anteriormente, escondiéndola en un apartamento. Me quedaba allí con ella para asegurar su seguridad, y ella lo tomaba como unas vacaciones con un amigo. El sol no tenía muchas posibilidades de entrar, pues nos estábamos escondiendo. Pero la mujer al parecer, se desvivía por darle un toque femenino a la casa y a la situación. Tampoco parecía entender la distancia que debía tomar conmigo y me coqueteaba la mayoría del tiempo.

De pronto, la escena cambió… al parecer discutíamos. La mujer lloraba. No escuchaba lo que decía, pero sabía que me estaba pidiendo no separarse de mi, y yo sabía que había estado tratando de explicarle que sacarla del país para yo quedarme a solucionarlo todo, era lo mejor.

La escena cambiaba otra vez. El coche del accidente, en Fukuoka... era la primera vez que recordaba algo de aquello. Pero nada más me reveló aquella noche.

Me desperté nuevamente. Era de día. Haría un alto en los vertiginosos acontecimientos, porque en la mesa de noche encontré una nota con mi misma letra, pero que no había escrito conciente. Anoté –mejor dicho, Nara anotó- una dirección.

Salí con el auto y pregunté por la calle a un par de personas. Un viejo pudo indicarme dónde ir: Era un club nocturno. Seguramente, Nara sabía que allí podría encontrar una pista para comenzar a buscar a la mujer. Yo no sabía que hacer al principio. Ni siquiera me importaba la muchacha. Pero de alguna manera sentía que si la encontraba, todo se solucionaría. Finalmente, me acerqué a un centro comercial. Casi adivinándolo, saqué un poco de dinero que supe que habría en mi pequeño bolso negro, y compré algo de ropa... no podría ir con un traje sucio a un lugar como ése, aquella noche.



EL HIJO DE LA NOCHE – Por Moichatelas

Capítulo 3: Yui, la belleza del vestido azul.


Los adolescentes iban y venían, consumiendo drogas sintéticas en forma de pastillas, mientras bailaban convulsionados al compás del repetitivo tambor electrónico. Ostentosos por demás, (como todo en aquel lugar) los amigos del dueño se destacaban entre la multitud: donde había más mujeres y más cadenas de oro, estaban ellos. Yo los miraba algo apartado, apoyado en una barra. Parecía desentonar, porque sólo unos pocos conservaban algo de dignidad en aquel lugar, que apestaba a gangsters de mala muerte y a imbéciles que ostentan a la vista de todos sus armas, sus drogas, y su mal gusto para vestir como si les diera orgullo.

Una chica que no tendría más de diecinueve años, bailaba con uno de esos desagradables sujetos. Llevaba un vestido azul, algo corto, con un corte strapless que desnudaba sus hombros y parte de su espalda. Lo llenaba de una manera verdaderamente asombrosa. Me miró. Casi inmediatamente se acercó a la barra, a mi lado. Me sentí algo inquieto al verla acercarse, porque nunca fui hábil para relacionarme con el sexo opuesto.

-¿Quieres unos masajes? –me preguntó.

-¿Qué hay con él? –contesté, señalando con la mirada al desagradable tipo que seguía espiándolos. No quería problemas antes de tiempo.

-A veces, si quiero, elijo con quien trabajar… -fue el comentario que recibí. Decidí aceptar, porque tendría una excusa para conocer aquel sector que, imaginé, sería un poco más privado. Debía de haber alguna oficina en algún lugar, o algo parecido, donde estuviera el manager.

-Llegué hoy y me voy mañana y sólo quiero pasarla bien –le contesté entonces siguiendo el juego- no creo que me haga daño, ¿verdad?

La chica me regaló una sonrisa de borrachera y me tomó de la mano con su brazo delgado y su piel tersa. Con la otra mano se llevó el trago azulado como su vestido, que le acababan de servir. Pronto me condujo hasta la parte posterior, separada del resto del lugar con pesado un telón de terciopelo rojo oscuro, como el de los teatros. Para entrar, franqueamos la abertura donde vigilaba un patovica musculoso. El lugar, un tanto más oscuro, estaba separado por paneles recubiertos de una desagradable alfombra roja «¿Qué todo es de este desagradable color y esta calurosa tela?». El mal gusto, al parecer, se había desparramado por el lugar entero, y no sólo por la pista de baile. Nos hundimos en un mullido sillón, también rojo oscuro… «Al menos es cómodo –pensé». La mujer se sentó directamente sobre mí. Parecía disfrutar mientras me acariciaba, y como yo no mostraba signos de placer, parecía esforzarse. Pensé que lo estaría tomando como un desafío. Tuve que dar lo mejor de mí para concentrarme en el objetivo de aquella noche, porque, aunque me desagradaba el ambiente parecido a un sucio burdel de principios de siglo, aquella chica realmente sabía lo que hacía y con su aspecto fácilmente podría ser la perdición de cualquier hombre.

-¿Y qué buscas aquí, si sólo estarás una noche? –dijo la joven, con un actuado tono de inocencia. Tomó un trago de la bebida que había dejado en una mesa pequeña, de un solo pie central, cerca del sillón.

De pronto sentí como si mi cerebro se adormeciera. Estaba un tanto perdido en las habilidades de aquella mujer. Su tono inocente… sabía que era falso, pero eso y su cuerpo… el hecho de que me eligiera a mí y no a aquel tipo adinerado… Me parecía que de habernos encontrado en otro lugar, quizás también habría estado interesada en mí. Me quedé sin respuesta, pensando todo aquello. La vi tomar un segundo y muy profundo trago de aquel líquido azul, con el sorbete. Los ojos le brillaron de deseo. ¡Cómo me hubiese gustado ser una persona normal! Responderle «¿tú que crees?» a su anterior pregunta y darme consuelo en la suavidad de su trato, de vuelta los dos en el hotel… Ahora masajeaba mi cabello, y pensé que quizás le llamase la atención el color rubio. Sus dos manos me acariciaban la cabeza y sus brazos presionaban de lado sus pechos, agigantándolos. Sin embargo, no era sólo eso lo que hacía que me distrajera… sino que aún en su estado sincero a causa de la ebriedad, sus ojos parecían cristalizados, como cuando uno está a punto de llorar. Combinaban en color, con el azul de su vestido y su bebida. Sentí pena, y no supe por qué. Cuando la veía parecía estar viendo a un náufrago que busca, incansable, alguna balsa para escapar de un infierno solitario. Me identifiqué con ella.

-Esto no se nos permite –me susurró. Me besó tiernamente, como una adolescente que besa por primera vez. Sentí el frío que había dejado aquel trago helado y dulce en sus labios, lo que generó un placer curioso en mis sentidos. Le correspondí el beso hasta que aquella sensación fresca desapareció.

Pero al separarnos la realidad me cayó encima con estrépito: por sobre su hombro pude ver como unos hombres subían una escalera caracol que no había advertido antes, en la oscuridad. De no ser por esos tipos, no la habría visto. Ahora sabía dónde podría estar el dueño de aquel asqueroso circo. La aparté lo más rápido que pude, sin parecer demasiado descortés. Caminé unos metros y ya había puesto un pie en el primer peldaño de la escalera, cuando me volteé sin pensarlo. Ella seguía arrodillada en el sillón, de espaldas a mí, en la misma posición en que la dejé, pero con la cabeza mirando hacia abajo. Volví con ella, porque sentí que la había dejado desamparada.

-¿No vas a preguntarme tan siquiera mi nombre? –le escuché decir amargamente.

Me miró también, girando un poco su cuerpo. ¿Esa mirada melancólica sería solo por el alcohol? No pude resistirla, ni tampoco las ganas de quitarle de algún modo su angustia, aunque no fuese mi responsabilidad. No le había preguntado su nombre… ni quería hacerlo. Cuanto menos sepa de ella, y ella de mí, más segura estaría esa chica. Últimamente yo solo era un imán para los problemas.

-Vete –le dije, entregándole las llaves del coche- si en verdad quieres salir de aquí, creo que este sería el mejor momento. Vete.

La vi vacilar por un momento, suplicante. Luego tomó las llaves que le ofrecí, y salió del lugar reservado.

Se había ido ya, y me preparé para hacer lo que debía. Intenté recordar la noche de mi encuentro con Nara. La fiereza con la que actuaba, la autoridad con la que hablaba, la firmeza con la que tomaba el arma. Debía ser resuelto, cauteloso y a la vez, feroz, cuando la situación así lo requiriese. Subí despacio los escalones, tomando la parabellum plateada de mi cintura. Una vez en el rellano, manoteé el picaporte, y los encontré a todos, alrededor de una mesa. El tiempo pareció transcurrir más lento de lo normal. Tuve tiempo de contarlos, eran cuatro. Uno aspiraba una línea de cocaína formada sobre un espejo. Los otros dos hablaban con el jefe, un tipo gordo con tiradores sentado del otro lado del escritorio.

Se dieron vuelta confiados, los muy incautos. Supe que no eran más que eslabones imbéciles en la cadena de tipos repugnantes. Aún así, sabiendo que los había cogido con los pantalones bajos, intentaron, para su mal, tomar sus armas. La feroz fuente roja no se hizo esperar, y con tres susurros sordos, se eliminaron los problemas. El cuarto disparo fue para el gordo, pero no fue su cabeza la que dio la bienvenida a mi disparo, sino su hombro. Se escuchó el ruido de un revolver caer al piso… sabía que lo había tomado de debajo de su escritorio, en silencio. El hombre temblaba por la conmoción del impacto, pero no parecía asustado. Yo, que nunca había sabido cómo se llamaba la hija del primer ministro, le pregunté:

-¿Dónde está Yöji Inoue-san?

Aquel tipo desagradable, sudoroso, con unos enormes bigotes rió, y con su risa gastada supe que no vendría nada bueno. Rió y siguió riendo más fuerte. Entonces rodeé el escritorio, le tomé de la nuca y le golpeé la frente con el filo del escritorio. Su sangre era un hilo espeso ahora, manchando su costoso traje. Después de quejarse un poco, volvió a reír, ahora más débil que antes. Dejé que se incorporara en la silla.

-¿Has hecho todo esto porque buscas a… quién? ¿Yöji Inoue? ¡Oh sí, la perra hija del primer ministro! –Decía divertido, aún con la cabeza rota- entiendo por qué la buscas… esa mujer era todo un fuego, ¿sabes? ¡Si hasta la mayoría de las veces nos hacía el “favor” sólo por gusto!

Utilicé toda mi fuerza de voluntad para no reventarle la cabeza de un balazo en ese mismo instante, pero aunque cada célula de mi cuerpo quería jalar cuanto antes el cromado gatillo y esparcir su humanidad por toda la pared de la oficina, necesitaba saber dónde estaba ella… ese tipo era la pista que había conseguido Nara. Sus dientes amarillos parecían no tener piedad, disfrutando extasiado por lo que diría a continuación:

-Pues buena suerte maldito imbécil, mátame si quieres, pero no te será fácil encontrar un bloque de cemento en el océano.

Con ésas últimas palabras, firmó su sentencia de muerte conmigo. Sentía cómo si unos tambores de volumen infernal retumbaran en mi cabeza, insoportables, y sabía que no pararían… no me dejarían en paz hasta que no acabase con aquel despreciable ser. Ya no había excusa que lo mantuviera en este mundo… entonces envié la pequeña pieza de plomo directamente a su cerebro. Sentí angustia, porque era sumamente injusta una muerte así para aquel cerdo… instantánea, sin dolor… pero no podría entretenerme, o jamás saldría del lugar con vida. Guardé todo aquel rencor que había surgido súbitamente en mí, y me largué lo más rápido posible, tratando de no llamar demasiado la atención.

Bajé las escaleras, y cuando crucé el telón pesado de terciopelo el patovica que guardaba la entrada al sector “privado” me tomó de la solapa del saco, pues vio salir unos cinco minutos antes, sola, a la chica de azul con la que había entrado. Puse mi mano en su cara, y lo empujé hacia atrás, haciendo que desapareciera detrás de la barra. Comencé a correr hacia la salida, empujando gente al trazarme un camino. Y de pronto me di cuenta de lo idiota que había sido: le había dado mi coche a aquella chica. ¿Cómo lograría volver? Desesperado, salí hasta la acera como pude. Miré hacia ambos lados, tratando de tomar una decisión y para mi alivio y sorpresa, el vestido azul, junto con la bella mujer que lo llevaba, me esperaban dentro del coche en el asiento del pasajero, en el mismo lugar donde lo había dejado estacionado antes de entrar. Me subí rápidamente y me alejé del lugar, sintiendo una gratitud suprema hacia aquella joven.

-Soy Asami Yui, ¿y tú? –dijo de pronto, acercándose un poco.

-Es mejor que no lo sepas –contesté de mal modo, aunque no se me escapó el detalle de que Yui era un nombre precioso- ¿Por qué me esperaste? Creí decirte que te fueras ¿verdad?

-No me pareció divertido irme sin ti –me contestó sonriendo, aunque esta vez me fue imposible prestarle atención a su apariencia, o su coqueteo. Me sentí muy paranoico durante todo camino de vuelta.


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